LEYENDAS DE LA PROVINCIA DEL AZUAY

LEYENDAS DE LA PROVINCIA DEL AZUAY 

 

La tradición oral es una riqueza intangible que poseen cada uno de los pueblos del Ecuador, esto es un componente muy importante que refleja la cultura y la personalidad de los pobladores. En la Provincia del Azuay y en especial en la ciudad de Cuenca con un casco antiguo lleno de rincones y parajes pintorescos da pie a que se generen un montón de cuentos y leyendas, algunas de ellas nos ponen los pelos de punta, otras son conversaciones de la gente de antaño, pero el fin son leyendas que identifican a nuestra ciudad.

Existen leyendas muy conocidas que enriquecen la cultura del pueblo azuayo y cuencano.  Hoy en día debido al avance tecnológico, es indispensable que nuestros niños conozcan estas tradiciones que enriquecen a nuestra ciudad.

Conozcamos algunas leyendas de nuestra provincia y cantón: 

  • MAMA RUMUALDA-SHAGLLI

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En Huertas, en la provincia de Azuay, en las tierras altas de Shaglli, existen varias formaciones líticas que tienen figuras de animales y humanos. Al verlas es como si sobre ellas hubiera pasado el viento del tiempo y convertido en piedra las almas que representan.

A una de estas formaciones se le conoce como Mama Rumualda, una impresionante piedra que tiene la forma del rostro de una mujer anciana.

Cuenta la leyenda que Rumualda fue una mujer que poseía el don de convertir todo lo que la rodeaba en riqueza: tenía tierras, animales y sembríos; su gran defecto, sin embargo, era la codicia. En cierta ocasión, un hombre de la comunidad que había perdido todo en una sequía, se animó a visitar a Mama Rumualda para pedirle ayuda para él y su familia. 

Con voz suplicante, el hombre dijo:

-¡Oh, Mama Rumualda, mi familia y yo lo hemos perdido todo!, no tenemos nada que comer, apelo a tu buen corazón y generosidad para salir de este problema; ayúdanos con algo, Mama Rumualda.

La mujer frunció el ceño y le contestó con desprecio:

-¿Acaso crees que lo que tengo me ha venido del cielo?

¡No me molestes! ¡Kisha, kisha! Fuera de aquí, fuera de mis tierras, eso te pasa por vago.

El hombre desesperado regresó a su casa y soltó a llorar porque no consiguió nada para ofrecer a su familia.

Frente a la poca generosidad de Mama Rumualda, la gente del pueblo, indignada por su actitud, decidió darle una lección: no volvieron a cruzar palabra con ella.

En un principio, Mama Rumualda sintió alivio, nadie iba a molestarla ni a pedirle ningún favor, pero poco a poco, el desprecio del pueblo hizo mella en su carácter, entonces huyó hacia el monte y se fue a vivir sola en las alturas del monte Shaglli. Ya en el cerro, la mujer se preguntaba de qué le servía tanto dinero si no podía compartir con nadie. Sola y triste en medio del silencio, la anciana se lamentaba:

-¿Acaso me sirven tantas riquezas?

¿Por qué no ayudé al hombre cuando lo necesitaba? ¡Qué tristeza vivir tan sola, todos me han apartado!

La gente del pueblo, que no era mala, empezó a sentir pena por la anciana, se reunieron y fueron a buscarla en el cerro.

-Mama Rumualda, ¿dónde estas?

-Mama Rumualda, venimos a buscarte.

-¿Dónde estás? Te hemos perdonado.

Todo intento por hallar viva a Mama Rumualda fue en vano; lo que sí encontraron en el lugar en donde había elegido aislarse, fue una gran piedra que tenía esculpido el rostro de la anciana que miraba el horizonte con una profunda pena.

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LA VIUDA DEL FAROL

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Esta leyenda es una de las más conocidos de esta urbe ecuatoriana. Cuenta la leyenda que hace muchos años, por las calles del tradicional barrio cuencano de El Vado, deambulaba una mujer pasada la medianoche. Ella sostenía un farol para alumbrar el camino y tenía la cara demacrada.

Dicen que vagaba en pena buscando a su hija, a quien había ahogado en el río Tomebamba cuando era pequeña. Lo hizo porque encontró a un nuevo amor, quien consideraba a la niña como un obstáculo para su vida en pareja. Ahora, caminaba siguiendo el curso del agua, como un alma en suplicio.

Con el pasar del tiempo, los niños del sector escucharon la historia y dejaron de salir de sus casas por las noches, por el temor de encontrarse con la mujer. Por otro lado, algunos adultos curiosos, se quedaban hasta altas horas de la madrugada en las calles, esperando ver a la viuda.

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  LA PEÑA DE AGUAS NEGRAS-CHAUCHA 

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En Chaucha, una población cercana a Cuenca, en medio de la montaña hay una peña que desde lejos perfila la cara de un hombre. No se sabe a ciencia cierta quién esculpió el rostro ni tampoco a quién pertenece el extraño perfil retratado en la roca; es un secreto resguardado por los viejos del lugar y que, de noche en noche, revelan a sus nietos.

Se dice que hace algunos años atrás un joven de la comunidad salió a cazar guantas; dentro de poco iba a festejarse una fiesta en el pueblo y la carne de este animal era apetecida para preparar la fritada.

Estando en lo más alto del cerro, el cazador avistó una guanta bien dotada; en el mismo instante en que atrapó al animal, como por arte de magia se le apareció una anciana vestida con una pollera multicolor y un gran sombrero de lana. La anciana se acercó al sorprendido joven y le preguntó:

¿Qué haces por aquí, en medio del cerro?

Yo - dijo el joven con voz temerosa -, estoy cazando una guanta para preparar fritada para la fiesta del pueblo. La anciana se puso molesta y, roja de la ira, le contestó:

Sé lo que es una guanta, pero lo que tienes en frente es mi amado cuy, mi compañero en mi choza y me pertenece; si lo dejas libre, a cambio te doy un grano de maíz, pero de oro.

Al cazador le pareció un magnífico negocio, tomó el oro y soltó la guanta, que para la anciana era un cuy. Alentado por la ambición, el joven volvió a trepar el monte en busca de otra guanta; en el mismo camino se topó con la misma anciana. La mujer, nuevamente, molesta, le insistió al joven que lo que él creía una guanta no era más que su cuy, y volvió a ofrecerle otro grano de oro a cambio de la libertad del animal.

El joven cazador dijo para sí:

- ¡Qué mujer para rara! Confundir una guanta con un cuy; mejor no le discuto y sigo con el negocio. De esta manera, subió varias veces al cerro y atrapó varias guantas que fue cambiando a la anciana por el grano de oro que entregaba en cada ocasión por su amado cuy. El hombre estaba feliz con la oportunidad de negocio y ni por un momento se puso a pensar en que la mujer podía ser una maga que estaba probando la honestidad del joven.

Cerca de la fiesta, el joven tenía tanto oro como para comprar todos los cerdos del pueblo, pero cegado por la ambición, subió una vez más al cerro y nuevamente intentó el engañoso negocio. Entonces, la anciana maga enfurecida, hizo que de la nada apareciera un fuerte viento acompañado de truenos que elevó en el aire al cazador y le empujó a una peña llamada Aguas Negras. Encarceló al hombre en la roca y dejó su perfil como advertencia a los jóvenes ambiciosos que no se detienen para conseguir sus objetivos.

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